La llama votiva

Por Vasco Andariego

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Pasaba por la plaza San Martín de Córdoba y recordé una anécdota para contarles. Acá va.

En Lima, uno de los paseos más conocidos, visitados y disfrutados por locales y visitantes, es la plaza del mismo nombre, construida en homenaje al Libertador.

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Ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y con los edificios que la circundan conforman un bello conjunto arquitectónico.

El monumento ecuestre que ocupa el centro de la plaza, obviamente, representa al general San Martín cruzando los Andes, sobre un brioso corcel.

La obra pertenece al escultor español Mariano Benlliure, quien ganó un concurso convocado por el gobierno peruano. Se trata de una muy bien lograda escultura en bronce, montada sobre una base de granito de 12 metros de altura.

Hasta acá, esta información es brindada por todos los guías que acompañan a los turistas para conocer los sitios destacables de la capital de Perú. Pero, como en todo, hay dos bibliotecas, o distintas interpretaciones, o versiones disímiles o, en definitiva, la historia según quién la escribe (o la cuenta, en este caso).

Dice Vilko, nuestro guía, que cuando se estaba finalizando la obra y el Libertador ya estaba sobre su caballo, encima de la base, le preguntaron al escultor: “Pero cómo, ¿no le va a poner una llama votiva?”.

Y el artista español le puso una llama… pero no votiva, sino un camélido; una de las que pastan en el Altiplano o en la Puna; aquella de la publicidad de una telefónica, la “que llama”.

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Sin embargo, para minimizar el error y evitar el seguro bullyng del que sería objeto el monumento y su autor, la “historia oficial” dice que el animalito está ahí con unas ramitas de quina porque representan al Perú.

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Agur