Un viajero redimido gracias a los incas

Por Vasco Andariego

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Confieso que hubo varias oportunidades en las que me invitaron a conocer Perú, pero por diversas razones no pude hacerlo. Hago un profundo acto de contrición y digo: yo me lo perdí.

Pero ahora fui. En este viaje que realicé recientemente descubrí un universo maravilloso, distinto al que estaba acostumbrado a ver y vivir. Resultó un experiencia casi mística pisar el suelo por el que anduvieron 12 millones de incas, en el Tahuantinsuyu o el mal llamado imperio inca.

Y digo esto porque adscribo a la posición de la autora del libro que recomiendo en la nota central, María Rostworowski, quien no habla de imperio, por cuanto el término tiene connotaciones europeas, de los invasores que colonizaron América.

Por eso, ella habla del incario, que comprendió 4.000 kilómetros de extensión, desde el sur de Colombia hasta la región del Bio Bio, en Chile.

Los incas fueron una civilización realmente asombrosa. Ellos levantaron ciudades enteras, con piedras de gran tamaño, que resistieron sismos y guerras; eran ingenieros civiles y arquitectos.

Construyeron canales de irrigación y para proveer de agua a las ciudades, los cuales todavía hoy tienen el mismo caudal y torrente a lo largo de toda su extensión; eran ingenieros hidráulicos.

Crearon una red de caminos y rutas de 40.000 kilómetros; eran ingenieros viales.

Pero también sabían refrigerar sus alimentos para conservarlos; deshidratar la papa; aprovechar las bondades de la coca; descubrieron las propiedades de la maca, una raíz que sirve para casi todo, entre otras cosas, como “insulina” natural; eran agricultores; trepanaban cerebros y reemplazaban las partes óseas por placas de plata y, además, fueron grandes estrategas en la guerra contra los invasores españoles.

Y a todo eso lo hicieron en 100 años, que es el tiempo que se cree duró el incario.

Por eso, no conocer antes Perú y, en particular, el Valle Sagrado fue mi asignatura pendiente. Pero por suerte no llegué tarde, ya que los vestigios de esa cultura, de esa rica civilización, sus conocimientos y sus costumbres permanecen vivos y se pueden ver, palpar y escuchar en voces quechuas que habla la gente. Hay que dejar libres los sentidos.

A todo eso, los incas le sumaban una profunda religiosidad, propia, suya, con el sol (Inti), la madre tierra (Pachamama) y otras deidades más relacionadas con la vida y la naturaleza que con extraños olimpos o dioses abstractos.

Pero llegaron los colonizadores, a imponer su credo con la cruz y la Biblia en una mano y la espada en la otra y ávidos de las riquezas de las que les habían llegado noticias. El oro y la plata, para los incas, eran metales ornamentales, se usaban para adornar cabezas, cuellos y pechos de reyes o gobernantes.

Para los españoles eran riquezas y había que llevárselas a la corona, allá, del otro lado del mar. No les resultó fácil, porque los incas sabían guerrear, lo venían haciendo desde el fondo de los tiempos.

Sin embargo, ganaron los invasores,  sólo porque contaban con arcabuces y otras armas de fuego.

Entonces, llegó el momento de imponer la cruz, la religión católica, el Dios y los santos de los europeos que llevaban armaduras y cascos. Y así se dio un sincretismo religioso en el que los incas aparentaron aceptar a ese Dios y esos santos, los hicieron suyos pero a su manera.

Como muestra de ese sincretismo, en una iglesia de Cusco es posible ver un Cristo de piel oscura, con ropaje ceremonial inca.

Breve diccionario quechua

Sumaq punchay: que tengas un buen día.

Surpayqui: gracias.

Tupananchiscama: hasta que nos volvamos a ver.

Sonq’oyquiman runasimita haycuchun: deja que el quechua entre en tu corazón.

 

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