De Karlos Arguiñano a una lección de geopolítica

Por Vasco Viajero

Para firma

En la nota publicada hace unos días en este portal sobre Karlos Arguiñano, su familia, su cocina y sus pasiones, se menciona el restaurante KA, en Zarauz, Guipúzcoa, País Vasco.

Como editor del suplemento Turismo de La Voz del Interior, en 2001, tuve la fortuna de realizar uno de mis primeros viajes de prensa a la España Verde, es decir, País Vasco, Cantabria, Asturias y Galicia, toda la costa cantábrica. Una maravilla inolvidable.

Pues bien, en ese viaje conocí el restaurante de Karlos Arguiñano y cenamos allí. Puedo asegurar que lo escrito por Adrián Cragnolini Griguol en su nota es tal cual. No me puedo olvidar la sensación de tomarme un txacolí acodado en la baranda de la terraza mirando el mar, mientras las olas golpeaban debajo de mis pies.

Además, conocer el País Vasco para quien tiene sus ancestros en esas tierras, es encontrar las raíces de uno mismo.

También fui protagonista (y sujeto) de una gran lección de geopolítica. En aquella región es común que se junte un grupo de amigos y arme lo que llaman una “asociación gastronómica”: alquilan o compran un lugar, espacioso si es posible; instalan una cocina completa, con todas las de la ley; compran la mercadería necesaria, y una vez a la semana se juntan a comer un plato elaborado por ellos mismos.

Hay reglas, como la que manda que las mujeres tienen prohibida la entrada a la cocina y solo pueden visitar el salón, y comer, si son invitadas de alguno de los miembros de la asociación. Dirán “¡qué machistas!”; sí, puede ser, pero así son las cosas.

Bueno, en Donostia (así se llama en euskera, en español es San Sebastián) fuimos invitados a una de esas asociaciones, a cenar una “sartenada de sardinas”. En mi vida había visto (y no volví a ver) el tamaño de esas sardinas, no como las que vienen dentro de las latitas que solemos comprar por acá.

Y aquí viene la lección de geopolítica: sentado a la mesa, nuestro grupo era numeroso (12 periodistas y dos funcionarios de la embajada de España) y los vascos nos acomodaron alrededor de la mesa intercalándose entre nosotros. O sea, quedamos todos acompañados de dos vascos, uno a cada lado.

A mi izquierda, se sentó Patxi, un corpulento y barbado vasco, muy simpático y hablador. En determinado momento, me hizo la pregunta que derivaría en uno de mis momentos más difíciles: “Oye, y tu apellido ¿de qué origen es?”.

Muy suelto de cuerpo y orgulloso respondí: “Vasco francés”.

Señoras, señores y porqué no niños, el silencio que se hizo en ese salón no se cortaba con un cuchillo, se podía cortar con un hilo dental… Simultáneamente, noté ocho pares de ojos cuyas miradas convergían en mi humana geografía y por el espinazo me corrió una gélida sensación de estar donde no debía y en el momento menos oportuno.

El mismo Patxi que me había hecho la pregunta (que a esa altura me parecía una celada), me puso la mano en el hombro y con su ronca voz dijo: “O eres vasco o eres francés”.

Desde entonces, cada vez que alguien me pregunta por el origen de mi apellido, contesto fuerte y firme: ¡Vasco!

La lección fue que para los vascos, su país son las siete provincias del País Vasco, cuatro en España (Vizcaya, Guipúzcoa, Navarra y Alava) y tres en Francia (Laburdi, Baja Navarra y Zuberoa), y los Pirineos no tienen nada que ver con una frontera, son sólo un accidente geográfico.

Agur, hurrengo arte

(Adiós, hasta pronto)

vista del comedor y los ventanales

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Vasco Erramouspe