Mis amigos son lo mejor de cada casa

Por Vasco Andariego

Para firma

Mi amigo Juan Bedoian, en su columna “Vino y asado, un ritual de amistad”, del pasado domingo en Clarín, dice: “La amistad y la buena mesa siempre se han llevado de maravillas porque el afecto es un condimento que le cae bien a cualquier plato y a cualquier bebida”; y agrega que, “si el significado de las cosas cabe en la copa servida con un excelente vino, el sentido de nuestra existencia se puede explicar mejor si compartimos ese vino con amigos entrañables, porque ese líquido ya no sólo será bueno sino también cómplice, solidario, incondicional”.

Y es justo lo que pensaba después del miércoles de la semana pasada, cuando compartí una cena con un grupo de “amigos entrañables”. Tuve que viajar a Buenos Aires por razones de trabajo y me quedaba esa noche, para volver al día siguiente. Les avisé que iba y se armó la juntada.

Les pedí que, como buenos sibaritas que son, sugirieran algún lugar con comida armenia y Bedoian, con infalible puntería, apuntó al restaurante Sarkis, en la esquina de Thames y Jufré, Palermo. Resultado: apoteósico.

Hay que ir temprano; anotarse en la puerta; si está lleno, armarse de paciencia y esperar; una vez en la mesa, pedir según la carta pero también aceptar las sugerencias del mozo; elegir un buen vino, y disfrutar de los sabores del Medio Oriente. Eso sí, mejor si lo hace acompañado de un grupo de amigos, porque como dijo Juan más arriba, “el afecto es un condimento que le cae bien a cualquier plato”.

Puedo jurar ante un tribunal que hacía mucho mi paladar no experimentaba esas sensaciones y no percibía esos sabores. ¿Exagero? Bueno, sí, lo del juramento.

Les voy contando: keppe crudo, acompañado de cebolla picada; keppe al horno, con cebolla, morrón y nueces; hojas de parra rellenas de carne y arroz; basterma, fiambre curado de vaca con especias; mante con madzun, unos mini raviolitos abiertos rellenos de carne, al horno, con yogur; brochettes con carne de vaca y cordero, y después el postre, la “copa Sarkis”, para compartir.

El vino “cómplice, solidario e incondicional”, un Catena Zapata inolvidable.

Pero si la mesa estuvo así poblada de sabores y perfumes, la charla (seria y de la otra); las anécdotas; el “cambio de figuritas” (información); la crítica ácida al que faltó a la cita; las cargadas al que llegó más tarde; los cuentos, y las “comidillas”, son el “condimento” del que hablaba Juan.

Un detalle: no se aceptan plásticos de crédito ni débito. Cash only dice la carta.

Los miembros del grupo, que ya tiene su lugar en las redes sociales a través del Whatsapp, son mencionados ahora con sus pseudónimos: El Langa (por razones obvias); el Google Humano (sabe todo); Iron Man (tiene todo de acero, menos la cara); Sean Connery II (parecido pero no igual); Joaquín (Pimpinela); El Hombre de Ezeiza (como Pistarini); El Cuervo Aviador (por razones futboleras); el ausente Aborigen (habrá andado maloneando), y yo, claro, el Vasco Andariego.

Como dice Joan Manuel Serrat, Por eso es que a mis amigos // los mido con vara rasa // y los tengo muy escogidos, // son lo mejor de cada casa”.

 

 

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