La fauna de New Orleans

Con el perdón de dos grandes, Horacio Ferrer y Astor Piazzola, voy a usar su Balada para un loco para decir que “las tardecitas de New Orleans tienen ese qué se yo, ¿viste?”.

Es que cuando conozco un destino nuevo, una las cosas que más me gusta hacer es mirar la gente del lugar con ojos de recién llegado, para verme sorprendido.

Y en New Orleans ese ejercicio no me costó nada, porque no hizo falta descubrir que estaba frente a una ciudad con una fauna muy particular, que se presentó sola ante mi mirada.

Si en cualquier momento se me aparecía un personaje con “medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel, dos medias suelas clavadas en los pies y una banderita de taxi libre en cada mano”.

Pero, la mejor manera de describir esa fauna es mostrarla. Acá va:

Llego al cruce de St Anne Street y Chartres St, a 50 metros de la Catedral de St. Louis y en una de las esquinas de Jackson Square, la plaza, y veo venir caminando un cocodrilo de dos patas.

El cocodrilo1 El cocodrilo

En Bourbon St es posible encontrarse a una “loba gorda”, algo así como un enorme lobizón con vestido, que resulta ser un morochazo que a cada rato se encuentra con algún amigo y se levanta la máscara para charlar.

lobizon

Una cuadra más adelante, se me escapa un “cowboy” que parece salido de los spaghetti western, aquellas películas italianas que mostraban a los “muchachitos” con largos capotes y extraños ropajes.

El cowboy

En el 311 de Bourbon St, entramos al Musical Legends Park (uno de los imperdibles de New Orleáns) y nos acomodamos en una mesa a comer algo y escuchar buen jazz. Al lado, se sienta una extraña mezcla de pirata y artesano, con antifaz, bandana y musculosa amarillas, un cuadro de flores a medio hacer y una hamburguesa a medio comer. Cinco minutos después, lo echaron del lugar.

Artesano

Y eso es de día, cuando también se pueden encontrar a una enigmática chinita vestida de fiesta en un parque; una esbelta rusa con pinta de ejecutiva en una escalera mecánica y una pareja que sobrevivió de una noche agitada en un umbral de St Charles Street.

La chinitaRusitaQué noche

 

 

De noche, la cosa se pone un poco más heavy. En un bar de Bourbon St, una rubia platinada vestida con poca ropa trata de sostenerse en el lomo de un toro mecánico, mientras un grupo de amigos se junta en la calle, todos disfrazados de bananas.

Toro salvaje Bananas

En una esquina, una pareja que parecen hippies de los ‘60, alimenta a su mascota, que no es un perro, ni un gato… es una cabra. Él muestra un cartel escrito en un pedazo de cartón que dice: Save our van (salve a nuestra camioneta).

Cabra mascota1

A media cuadra de allí, pasa una extraña dama antigua, pero con vestido corto, zapatos de tacón, medias y polainas y unas piernas de número 5 de los que se paran en la mitad de cancha y no pasa nadie.

Dama antigua

En la noche de la marcha del orgullo gay, el sábado 18 de junio, el desfile por Bourbon St es ya tradicional. Mientras los distintos grupos avanzan con sus coreografías, pancartas, banderas y disfraces y desde los balcones le arrojan collares de colores, como en el Mardi Gras, descubro a tres escoceses que, no sé si participan de la movida gay o aprovecharon para lucir sus kilt (polleras típicas).

Escoceses

De remate, en la esquina de Bourbon St con St Louis St, un homeless (de los que abundan) se las rebusca con su perro, adiestrado para hacerse el borracho tirado patas arriba, lleno de collares de colores y rodeado de vasos vacíos. El perro se deja fotografiar así y su “socio” pide una contribución voluntaria. Así, ambos sobreviven.

Borrachera canina

Y como para confirmar que New Orleans es una ciudad con mucha buena onda, me ocurre esto: frente al Centro de Convenciones veo un monumento muy particular, en conmemoración del desastre que causó el huracán Katrina en 2005. Simboliza una casucha de madera sobre la copa de un árbol. Cuando enfoco mi cámara hacia la obra, dos que pasaban por ahí se apoyan como si el árbol estuviera por caer. Por supuesto, salen en la foto.

Que no se caiga

Hoy, mientras miraba crepitar las llamas al encender la salamandra en esta gélida Córdoba (al calefactor no nos animamos a usarlo, por razones obvias), no podía dejar de recordar esos días de 38º en las calles de New Orleans.

 

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Vasco Erramouspe