Al ataque de un ATM

Uno de los tantos press trip que compartí con colegas y amigos porteños, terminó en Miami.

Uno de esos amigos, al que llamaré Juan (por la generalidad del nombre y porque así se llama), decidió salir “de compras”.

En esos momentos, las compras en dólares en el exterior, realizadas con tarjeta de crédito, sufrían un recargo del 35% que se llevaba la Afip.

Juan decidió, en una elucubración económica discutible, pagar en efectivo, con billetes verdes.

Pero los que contenía su billetera no alcanzaban, por lo tanto, recurrió a los ATM, que en los Estados Unidos, son los cajeros automáticos.

Y allá fue; arrancó con uno que estaba en el lobby del hotel. Introdujo su plástico, digitó la clave y puso la cifra, U$S 800. La pantalla le dijo que ese monto no podía retirar.

Contrariado, inició nuevamente la operación y escuchó la sugerencia de quien lo acompañaba y miraba sobre su hombro, o sea, yo: “Poné una cifra más chica, U$S 200 por ejemplo”.

Así hizo y el ATM le entregó los 200 y el ticket.

Repitió la operación tres veces más y logró su cometido: extrajo U$S 800 que luego, en su resumen de cuenta, llegarían con el 35% de recargo para la Afip.

Tomando una cerveza, con el resto de los amigos y colegas, le hicimos ver esa situación. Lo lamentó, pero ya estaba hecho y contaba con su efectivo.

Por supuesto que los gastó, a todos, e incluso pagó “la vuelta”.

Ante el éxito de su gestión, me contagié y yo también hice un “retiro”, pero solo de U$S 200.

Y a esta altura del relato voy a negar lo que publicó mi amigo Juan en un importante medio nacional: No es cierto que cuando la pantalla me pidió “digite la clave”, yo haya dicho “¡nooo, no se la dije a nadie!”

Eso es puro cuento.

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Vasco Erramouspe