Un desafortunado olvido

 

Todos los años se realiza en los Estados Unidos el International Pow Wow (IPW), cada edición en una ciudad distinta. Es la feria de turismo más importante de los EE UU y una de las más convocantes del mundo, con más de 5.000 asistentes, entre expositores norteamericanos y periodistas de todo el mundo.

En los cinco días en que transcurren las actividades feriales se concretan negocios por miles de millones de dólares, además de varios miles de reuniones y contactos, algunas acordadas en base a un schedule previo y otras espontáneas.

Se imaginan la importancia que adquieren entonces las tarjetas personales, para intercambiar con organismos oficiales, agencias, cadenas hoteleras, compañías de aviación y operadores de servicios turísticos en general.

Esta introducción sirve para que el lector tenga una idea de la magnitud de esa feria y del uso que se les da a las tarjetas personales. Lo primero que piden los representantes de esos sectores a un periodista que se acerca a su booth (cabina o stand) es su personal card.

Nos ubicamos ahora en Los Angeles Convention Center, un enorme edificio con más de 67.000 metros cubiertos de superficie. Allí se desarrollaba el IPW, hace algunos años atrás.

La delegación de la prensa argentina, conformada por unos 15 periodistas dedicados al turismo, comenzaba un lunes con sus primeras actividades: cubrir las distintas conferencias de prensa que, por otro lado, son obligatorias.

Uno de los colegas descubrió, al salir del hotel, que había olvidado en su casa las tan demandadas y necesarias “personal card”. Desesperado, casi con un ataque de pánico, llegó al Centro de Convenciones con su rostro demudado y siendo objeto de “bullying” por parte de sus colegas.

Cuando ya creía que su fracaso iba a ser recordado en alguna película de Hollywood, llegó la salvación: en uno de los mall del enorme edificio encontró un local donde hacían tarjetas personales en una hora.

Pero entonces se le presentó otro problema: no tenía el original de la tarjeta, con el logotipo de su medio, es decir, de la empresa que representaba. Envió un mail a un compañero de su diario; llamó para que lo leyera; le explicó qué necesitaba y la urgencia del caso, y tuvo que esperar el mail de respuesta, todo ello con un estrés alimentado por su ansiedad natural.

Llegó el mail salvador con el modelo de tarjeta, lo llevó al local indicado y encargó 100 tarjetas a un costo de 50 dólares.

Ya más animado, casi aliviado, fue a la hora convenida a retirar sus tarjetas y… ¡oh sorpresa!, el local estaba cerrado. Era la hora del almuerzo. Pero bueno, una hora después el local estaba abierto, entró y casi desfalleciente llegó al mostrador para pagar y retirar sus tarjetas.

Lo esperaba otro contratiempo: el empleado que lo había atendido no estaba, había otro que le dijo que el costo era de 70 dólares. Al borde del llanto clamó justicia y la obtuvo: el dependiente dijo que si su compañero le había dado precio, él no se lo cambiaría.

Pagó los 50 dólares y salió con sus tarjetas personales en el bolsillo, feliz, contento, sintiéndose otra vez un periodista completo. Para demostrar su renacida autoestima, comenzó a distribuir tarjetas entre sus colegas “amigos”. Pero ese no era momento de gloria: uno de los destinatarios de sus flamantes tarjetas personales descubrió que el apellido estaba mal escrito.

Se dice que lo vieron caminar por el Bulevar de la Fama repartiendo tarjetas personales con lágrimas en los ojos.

 

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Vasco Erramouspe